Aquellos maravillosos años

Seis meses. Seis meses han pasado desde que Game Freaks se pusiera el mundo por montera y, en contra de las aparentes intenciones de la Gran N, celebrara el primer lanzamiento de un juego de Pokémon para dispositivos iOS. Seis meses más tarde, Satoru Iwata anuncia el anuncio del lanzamiento de su nueva consola «mobile friendly», Nintendo NX. Posiblemente, el principio del fin.

El grado de relación entre estos dos hechos está por determinar; sobre todo a expensas de los resultados financiaros de Pokemon Trading Card Game (el susodicho juego de los adorables y rentables monstruos de bolsillo para iOS). Si es que trascienden alguna vez. De lo que sí tenemos constancia es de los números de Pokemon Shuffle, la genuina experiencia free-to-play de Nintendo en su propia consola portátil, y que suponen una sorpresa difícil de ignorar. Ante esta situación, es inevitable preguntarse qué estaría pasando en las oficinas de Kyoto si lo que ahora son flirteos con este modelo de negocio fuesen relaciones estables a largo plazo.

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Probablemente esto mismo es lo que ya se han preguntado en el cónclave de la Gran N. La decisión de colaborar con DeNa en el desarrollo de juegos para móviles es la lógica respuesta a algunos de estos fenómenos, y la primera gran batalla ganada de los accionistas frente al hueso duro que representa la casa de Iwata; lo que aún queda en incertidumbre es el papel que jugará Nintendo NX en todo esto. Algunos, incluido el propio Iwata, reivindican el papel de NX (y por extensión, el de Nintendo en general) en el negocio de los videojuegos tradicionales. Yo, sin embargo, tengo mis dudas.

La primera premisa de este nuevo sistema es que compartirá el mismo ecosistema que los dispositivos inteligentes, e incluso que el PC y las actuales y por entonces antiguas consolas. Está claro que ni siquiera Nintendo confía ya en el éxito nativo de su propio producto. Es una mera cuestión de tiempo que la desmesurada desproporción de potenciales clientes entre un mercado y otro lleve a desequilibrar la balanza hacia un lado. Y no será el del videojuego tradicional el que salga beneficiado, precisamente. Y la culpa de todo esto la tiene Wii U.

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Si hay algo que ha demostrado Wii U con creces es que, desgraciadamente, el papel de Nintendo en el mercado de videojuegos tradicionales es cada vez menos importante. Riot Games y el auge de los MOBA, el inexplicable caso de Sony y Playstation 4, o la omnipresente Valve con su omnipotente Steam; los logros conseguidos recientemente en el mercado del videojuego tradicional no sólo indican que sigue habiendo espacio para el éxito, sino incluso para el crecimiento. Los 67 millones de jugadores activos al mes de League of Legends son el dedo en la yaga de las pírricas 10 millones de Wii U que ha conseguido vender Nintendo en dos años y medio.

Sí, es cierto que Nintendo ha sufrido una absurda e incomprensible campaña de acoso y derribo por parte de la prensa, mucho antes incluso de lanzamiento de la propia Wii U, que ha hecho una mella irreparable en la imagen de la consola. Pero hay una cuestión de fondo en esta situación que tiene sus raíces en aspectos mucho más importantes: la relación de Nintendo con el jugador. Al fin y al cabo, y siguiendo con los ejemplos anteriores, Riot ha tocado el cielo sin apenas promoción y difusión en los canales tradicionales de la prensa; canales que tampoco necesitó Valve para convertir a Steam en la plataforma de videojuegos más rentable de la actualidad. Había espacio de maniobra para Nintendo y Wii U, a pesar de la prensa, y no se ha aprovechado.

El problema de Nintendo con el jugador ha sido grave. Grave, y de doble sentido. Por un lado, de Nintendo hacia el jugador. La catastrófica campaña de promoción, que anduvo deambulando sin pies ni cabeza durante demasiado tiempo, sumado al incomprensible calendario de lanzamientos de la consola ha sido, sencillamente, insostenible. Los grandes títulos han sido incapaces de coordinarse, de sembrar para que otros cosecharan; quizá por la inútil decisión de espaciarlos desmesuradamente a lo largo de los veintiocho meses de vida de la consola. Probablemente el causante de esta situación sea el paupérrimo volumen de trabajo que ha rezumado de las diferentes divisiones y estudios de desarrollo de Nintendo.

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Esto lleva a la otra parte del problema. A esa otra relación que ha fallado: la de Nintendo consigo misma. Una empresa no puede permitirse el lujo de tener varios pares de años con un ritmo de desarrollo tan extremadamente parco. El último gran juego de Wii fue The Legend of Zelda: Skyward Sword, lanzado en noviembre de 2011. Casi todo el año 2012 y hasta el lanzamiento de Wii U fue un año en blanco que se esperaba que generara una gran cantidad de títulos para la nueva consola. No fue así. Vamos por el tercer año de vida de la consola, y la sensación en el calendario de lanzamientos es la de un sistema que aún está arrancando. La excusa del coste del desarrollo al pasar del SD al HD ya se ha gastado de tanto usarla; hacer juegos con el hardware de Wii U hoy es igual de barato que hacerlo con el hardware de Wii en 2008. Incluso el estudio indie más «garajero» es capaz de licenciar un motor Unreal Engine 3 con relativa facilidad y seguridad financiera, así que me resulta cuanto menos inverosímil que una empresa del pulmón económico de Nintendo esté sufriendo los costes de esta tecnología. Y aunque los hubiera sufrido, tuvo todo un año, el 2012, para preparar el terreno. Esto, en una consola ya completamente abandonada por las siempre presentes third parties, es demoledor.

Pero la crisis de identidad de Nintendo no sólo se reduce al factor productivo, sino también al creativo. ¿De qué sirve lanzar una consola nueva si no tienes nada nuevo que ofrecer? La Gran N se labró durante los años de Wii, y a golpe de juegazo, una imagen de fabrica de diversión sin parangón. Vendió valores tan altos como la originalidad y el carácter único; si había algo realmente rompedor entre Wii y la competencia, o incluso entre Wii y la propia Nintendo de antaño, era esa prioridad absoluta en ofrecer experiencias de juego novedosas y diferentes. Y este contrato funcionó a la perfección durante toda la vida útil de la consola; a pesar de las sequías (que también las hubo), a pesar de la mala prensa, a pesar del abandono third party. Nintendo supo ofrecer algo al jugador por lo que estuviera dispuesto a pagar. Mantuvo su parte del contrato. Esto, en Wii U, no se ha cumplido. El Wii U GamePad puede ya acomodarse junto al Virtual Boy como uno de los dispositivos más inocuos de la historia de la empresa. Y es una pena, porque no hace falta ser un genio para jugar a imaginar dos o tres usos divertidos para el cacharro en cuestión…

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Wii U es ya una consola sentenciada por todos. La última en sentenciarla ha sido la propia Nintendo, dinamitando los valores de producción de sus desarrollos más prometedores, baluartes de la última esperanza para la consola. Y al retraso de The Legend of Zelda U o a la ausencia de chat de voz en Splatoon me remito. Nintendo quiere hacer borrón y cuenta nueva cuanto antes, dedicarse por entero a esta nueva y emocionante aventura del free-to-play que espera sea la solución a sus quebraderos de cabeza. Lo que está aún por ver es si también supondrá el fin de la Nintendo que todos conocemos.

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En este nuevo monstruo policéfalo que parece ser la nueva generación de Nintendo, el tiempo y la evidencia no tardarán, cual Heracles, en decapitar las cabezas que sean necesarias. Si es cierto que Nintendo NX será planteada como el lugar al que acudan aquellos que quieran expandir las experiencias jugables del free-to-play ofrecido en móviles y tabletas, mucho me temo que su sentencia también está firmada. La idea del trasvase de jugadores es complicada de realizar, indemostrable hasta la fecha, ni con Wii ni con ninguna otra de las aventuras híbridas de la industria. Y si hay algo del free-to-play que verdaderamente asusta es esa inherente, prohibitiva y casi nihilista condición hacia algunos géneros, en concreto hacia las grandes vacas sagradas del medio como la aventura de acción, o el RPG. Condición que no tardará en adoptar Nintendo, sobre todo de cara a los potenciales primeros resultados financiaros de este nuevo modelo de negocio. ¿Y esto en qué se traduciría? En un adiós a Zelda, en un adiós a Mario, en un adiós a Metroid. Al menos como los conocíamos hasta ahora. El músculo cultural de Nintendo está en claro declive; Wii U, que incluso ha hecho mella en la incansable base de core fans de la casa, puede ser una losa demasiado pesada. La vida del videojuego tradicional de Nintendo puede verse rápidamente desbordada por la abrumadora alternativa. Y si ese momento llega, tened por seguro que ni siquiera Iwata podrá impedir que decapiten esa cabeza.

Opinión por @mallavez

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