Zelda, el E3 y los psicotrópicos

Nintendo ha ganado el E3. Con un solo juego. E incluso en un formato que, aún consiguiendo huir del espectáculo soez y casi barriobajero que desplegaron los demás, no puede ocultar una mala praxis, con más sombras que luces, y que deberían provocar un par de despidos entre los equipos de comunicación de la casa de Mario. Pero, aún así, ha ganado.

Zelda Breath of the Wild Nintenbit Guardian

Lo que ayer se vio sobre el nuevo Zelda, ya oficialmente subtitulado como Breath of the Wild, tiene potencial para convertirse, sin problema alguno, en el juego más relevante de su generación; y muy posiblemente de cualquier generación, aunque esto ya pende del hilo de una Nintendo que no atraviesa precisamente su mejor momento en lo que a lucidez creativa se refiere… En cualquier caso, el lienzo que se mostró ayer nos permite soñar.

Hay sobradas razones para hacerlo. Si consideramos al diseño de videojuegos en clave de lógica proposicional, como si fuese un “lenguaje”, la saga Zelda ha sido la que ha conseguido desarrollar aquel con la mayor cantidad de palabras diferentes, y la mayor capacidad para conformar frases con ellas, cada vez más complejas. Si en Super Mario Bros, el padre de casi todo, el sistema se reduce a las posibles frases ­ cortas ­ que se pueden formar con la palabra “saltar”, la tradición Zelda se ha preocupado de romper con ese lenguaje concéntrico paradigmático, y plantear siempre un sistema horizontal, interconectado, a lo sumo con algún elemento transversal y estructural, pero siempre con nuevas y numerosas maneras de forzar al jugador a crear nuevas frases. El bumerán, el arco, el cetro de fuego o el escudo espejo; cada nuevo elemento significaba una pequeña revolución en la manera de leer un lenguaje que no tiene ningún complejo a la hora de revolucionarse, siempre con el aprendizaje y el crecimiento ­ de jugador y de juego ­ por bandera.

Zelda Breath of the Wild Nintenbit Campo

Y es esta misma tradición, ese brillante legado, lo que nos permite poder soñar ahora. Por fin, un Zelda de mundo abierto. Esto no sería especialmente significativo – sobre todo en una industria que ha hecho del mundo abierto su modus operandi – de no ser, precisamente, por esta tradición. La que obliga a Aonuma y su equipo a no romper las fronteras “y ya está”, la que exige algo más. A salir del parque de atracciones con visita guiada y entrar de lleno en la caja de arena – la de verdad –, y dejar que sea el jugador el que decida el cómo, el cuándo, y, sobre todo, el por qué, sin olvidar esa lógica proposicional omnipresente y omnipotente que ha hecho que Zelda sea el gran tótem sagrado que es hoy en día. Esto es algo mucho más importante que cualquier cosa que hayas visto en este E3.

Por ahora, Breath of the Wild cumple con lo que se proyecta. Lo visto en la demo, probablemente el 5% del total, dibuja un escenario positivo. La ductilidad de todo, la manera en la que el juego monitoriza de manera constante y activa una gran cantidad de componentes físicos que afectan al entorno ­ como la temperatura, el ruido que generamos, la fuerza del viento o la naturaleza magnética de cada cosa ­, abre un abanico de posibilidades abrumador de cara a los rompecabezas típicos de la saga. Ya no se trata sólo de pensar en cómo afectará el Martillo Megatón a ese botón o a esa pared, sino que tendrás que tener en cuenta la manera en la que se conjuga con la propia naturaleza de las cosas.¿Cuánto pesa esta bola? ¿Con qué podría moverla? ¿Avivará el viento este incendio que acabo de provocar? Y, sobre todo, para qué. No se trata de fliparlo fuerte con el comportamiento realista de un escenario en el que lo principal sigue siendo apuntar, disparar y explotar barriles. El para qué es la clave, porque construir un para qué complejo, vanguardista y estimulante es absolutamente consustancial e irrenunciable para un juego como Zelda.

Zelda Breath of the Wild Nintenbit Torre

Hay motivos para ilusionarse. Nintendo lo necesitaba. Los usuarios lo necesitaban. E incluso la industria lo necesitaba, que calla una situación que gritan sus acciones, inmersa en una depresión creativa que, entre otras muchas cosas, es consecuencia directa de la propia crisis interna en el seno de la casa de Mario. Este Zelda ha ganado de manera individual el E3 no sólo por ser potencialmente uno de los juegos más importantes de su tiempo y quizá de todos los tiempos, sino porque la situación fuera de ese imponente booth monotemático es absolutamente desoladora. Remakes fantasma, secuelas estériles, reediciones, juegos de 2010 en cadena de producción, mapaches zombies, un Resident Evil de reciclaje y un hombre que pare un bebé fantasma; la esterilidad de la que hace gala la industria se antoja como una especie de síndrome de abstinencia que sucede a la peligrosa droga de la que se abusó en la generación anterior. Se pisó el acelerador, sin mirar atrás, atraídos por los cantos de sirena de un modelo que supuestamente aseguraba el futuro sin pensar en lo que se quedaba atrás. Ahora la industria agoniza, muere de éxito, intentando salvar los muebles incluso cuando parece que todo va viento en popa; con cambios generacionales que se venden como cambios de tendencia, pero que en realidad son cambios de paradigma, que se enrocan en una industria en la que el software ya no justifica al hardware, sino que es el hardware el que justifica al software. Y el consumidor el que sale perdiendo.

Zelda Breath of the Wild Nintenbit Puente

Es posible que, como decía Joan Bastida en su más reciente píldora de lucidez, nos encaminemos hacia un nuevo crack. Quizá no económico ­ porque todo está atado y bien atado ­, pero sin duda alguna creativo, que es casi peor, ya que no nos hará desaparecer, pero nos podría volver a condenar a la irrelevancia. Siempre nos quedará Nintendo, y el resto de agentes menores de este mundillo que han decidido voluntariamente desentenderse de la vorágine. Pero quizá no sea suficiente. Quizá volvamos a esa habitación oscura, donde volveremos a ser chicos raros de trece años volviendo a jugar a algo que el resto del mundo vuelve a no entender.

No es sano jugar con drogas. No será que no os lo avisamos.

Opinión de Matías Lallave

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